Nacida con varias discapacidades físicas y abandonada por su familia nobiliaria, Margarita encontró refugio en la espiritualidad dominicana. Ingresó a la Tercera Orden y dedicó su vida a la oración, a los pobres y a los enfermos.
A pesar de sus sufrimientos físicos y emocionales, irradiaba alegría, paciencia y bondad. Generó una comunidad de apoyo y caridad dondequiera que vivió.
Tras su muerte, fue ampliamente venerada como protectora de quienes padecen enfermedades, discriminación o abandono.